Murió Tony Scott, sin que una
crítica que lo destrozó en su momento sin reconocer sus muchos valores, humillándole con comparaciones con su
hermano y demás
agravios, le haya dado tiempo a rectificar. Hoy todo eran elogios… algunos sinceros, los de sus
compañeros
de profesión,
que sabían de
su valía y
su valor humano. Scott era un gran tipo, capaz de innovar de verdad el eterno
tema del vampirismo en todo un clásico como es hoy El
ansia o convertir, una comedia graciosa en una auténtica non stop action como
hizo en la secuela de Superdetective en
Hollywood. Nunca he sido fan fatal de Top gun, pero no tengo problemas en
reconocer su importancia y modernidad, su capacidad para convertir la
rambomanía de los 80 en algo atractivo para los teenagers y que perdure como
documento definitorio de una época.
Scott tenía grandes películas no reconocidas como El último boy scout, la
mejor película
del mejor Willis al nivel de la primera La
jungla de cristal, apoyada por el extraordinario guión Shane Black. Tan bueno como
el de Tarantino para Amor a quemarropa,
su título
de culto por antonomasia, junto con Domino
o El fuego de la venganza, una de las
mejores aportaciones al revenge movie de todos los tiempos. Y no podemos
olvidar leznas maestras del entretenimiento como Marea roja, Enemigo público (remake inconfeso de Los tres días
del cóndor), Déjà vu o su última película, Imparable, una de desastres porque sí, sin coartadas ni
justificaciones.
El cine
de Scott era directo, brillante, vendible como el de algunos artesanos de otros
tiempos como Curtiz, Daves, Sturges o Dawn. Pero para muchos, los que vivimos
los ochenta y principios de los noventa amando el cine, Scott fue algo más que
un cineasta; marcó a una generación. Así que acabé el lunes viendo Amor
a quemarropa con una lágrima contenida por toda esa generación que un día creímos en un True romance, que amamos Sonny Chiba y la música de verdad, que aún nos creíamos más hombres viendo una de
submarinos, que creíamos que los vampiros eran como Bowie y Deneuve, que podíamos emocionarnos con una
canción pop
en medio de una orgía militarista. Fuimos los últimos boy scouts.
Pero seguimos aquí, machacados por Twilight, la TV basura, cine de acción cutre, música inexistente y un mundo
que ha perdido el sentido de ese True romance y se debate entre el déjà vu
infinito y enemigos públicos de todo tipo. Scott lo vio... pocos más. Hoy le lloramos… un poco es por nosotros, por
habernos dejado, por haber sido los mejores y no haberlo sabido a tiempo. Pero
pensemos que aún hay
tiempo, todavía
podemos salvar ese tren desbocado e imparable. Take my breath away… continuará… siempre.

Creo que, como bien dices, es el momento de valorar en su justa medida films arrinconados del malogrado Scott como El último Boy Scout. Considero que fue el mejor papel de Willis (Ese Hallenbeck pidiendo fuego está ya inmortalizado), y entender que un cineasta puede tontear con films comerciales pero sin perder una personalidad propia. Por mi parte, aún tengo pendiente ver esa joya vampírica que comentas (digamos que Bowie no es de mis favoritos), pero todo llegará.
ResponEliminaPor cierto, ¿Llegaste a conocerle en persona Àngel?
Me ha encantado, sr Sala. Tony Scott era desde mi infancia uno de mis directores favoritos, desde que ví por tv, Revenge, y me impactó hasta el punto de verla diez veces en vhs. Luego llegó El último boy scout, y estoy con usted en que es una de las mejores de Willis. Después obras maestras como Amor a quemarropa o El fuego de la venganza que me tocaron el alma aún más o esa obra de arte visual que es Domino... Todos sus films sin excepcion tienen algo bueno que destacar, y es una terrible pérdida para el cine. Todo el actual cine de acción, de Simon West a Michael Bay, han bebido de su cine, un cine machacado por la crítica y que ahora será reconocido, por desgracia tarde.
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