He
esperado a ver Django desencadenado
para poder opinar abiertamente de la polémica causada por la película en diferentes medios, en
especial las reacciones del propio director en diferentes entrevistas
promocionales, la de su colega afroamericano Spike Lee y la de la escritora
Elvira Lindo en una columna en El País.
En primer
lugar, Django desencadenado me parece
una película
magnífica,
un inteligente ejercicio de nostalgia postmoderna (como es casi todo el cine de
Tarantino) que no se reduce a un cortar y pegar referencial como otras muchas
películas
actuales, sino que abarca, además de una impecable brillantez en la realización y el guión, una apasionante reflexión sobre los géneros populares con mirada
global. Creo que Django desencadenado
es una de las mejores películas de Tarantino, quizá sin la perfección de Pulp Fiction pero tan disfrutable como la brillante Kill Bill o las infravaloradas Jackie Brown y Death Proof. Y desde luego, infinitamente superior a Malditos bastardos, su película para mi más fallida, pese a sus buenos
momentos. Este Django cuenta, además, con una interpretación monumental de Cristophe
Waltz, algo que se suponía, y una sorprendente composición de Samuel L. Jackson que
hubiera merecido una nominación al Óscar, así como el esforzado trabajo de un divertido Leonardo
DiCaprio.
Respecto
a la polémica,
en fin, se repiten viejas disputas. Quentin Tarantino siempre ha ido de angry man, es su postura y una de las
razones por las que le queremos. Y si algunas de sus respuestas quizá han sido excesivas, también hay que decir de una vez por
todas la inoportuna y poco profesional actitud de algunos periodistas que, en todo el mundo, no les interesa
el cine sino lo que rodea al medio en el campo de chismes, polémicas y estupideces
coyunturales. En fin, que a muchos compañeros de la información dedicados al cine, no les gusta, ni entienden ni les
interesa el séptimo
arte, contaminando el medio mientras potenciales grandes expertos languidecen
en publicaciones poco mediáticas, blogs e incluso twitter. Por lo que respecta a Spike
Lee, yo respeto mucho al director afroamericano, autor de filmes fundamentales
en los últimos
años como Do the Right Thing, Summer of Sam, Plan oculto y, sobre todo, la magistral La última
noche, una de
las mejores películas
norteamericanas de la pasada década. Pero ir de agitador mediático no es lo suyo,
proclamarse líder
de la memoria histórica afroamericana tampoco, pues tuvo en sus manos la
oportunidad de hacer algo grande con la figura de Malcom X y desaprovechó el momento con un biopic
decepcionante. Django desencadenado
no va sobre racismo, como tampoco Malditos
bastardos hablaba del holocausto y, siguiendo, tampoco Mandingo, el gran éxito de los 70 de Richard Fleischer era un alegato
antiracista o El desafío de los Águilas el famoso filme bélico de Brian G. Hutton, o Indiana Jones y la última
cruzada, de
Spielberg, hacían de
la lucha antinazi un simple tebeo irrespetuoso. El señor Spike Lee se ha equivocado
de marco histórico
y cultural, y sus criticas aunque comprensibles están simplemente fuera de lugar.
Respecto
a Elvira Lindo, figura a la que respeto sin veneración pero con educación, sus opiniones pueden tener
cierta verdad parcial, pero su visión de la violencia en el cine, como la de tantos
progresistas que han hecho del buenismo
su propio cáncer
ideológico,
esta fuera de lugar. Calificar a Tarantino de cineasta de la violencia es como
definir a John Ford de cineasta ultraderechista, juzgar a Clint Eastwood solo
por su intervención en
la última
convención
republicana o a Lary Clark de pornógrafo. Son reducciones peligrosas en un momento en que la línea divisoria entre la
tolerancia y un peligroso blindaje de lo políticamente correcto fronterizo
con lo inquisidor es cada vez mas delgada. La violencia de los últimos tiroteos discriminados
en Estados Unidos (y Europa, no olvidemos Noruega y Francia o la violencia de género masiva y diaria en España) no se debe a una alienación colectiva a causa de la
difusión
audiovisual de la violencia. Pensar así supone una peligrosa simplificación del estado de las cosas y el
progresismo cultural y político debe buscar causas en la intolerancia ideológica, moral y religiosa
creciente en ese país y el mundo en general, disfrazada de diferentes credos,
absolutismos económicos
y praxis falsamente democráticas. El progresismo consciente y responsable debe evitar
hacer el trabajo sucio que muchos desean, la censura indirecta de los
creadores, el silenciar voces incomodas. Y hay que recordar que siempre indica
una mayor salud dialéctica el que haya voces a veces incomodas y airadas como
las de Tarantino, siempre que detrás haya un discurso conceptual rico y debatible,
considerando la polémica y las opiniones sanamente enfrentadas un signo de vida
en un planeta donde la razón dialogada perece a veces por culpa de los que la quieren
defender renunciando a los propios principios que la integran, un paso inicial
que destruye nuestras democracias a causa de una profilaxis excesiva que
protege destruyendo la sagrada capacidad del sistema para cuestionarlo todo.
Amén, Àngel....Amén !!
ResponEliminaPerfecto análisis, enhorabuena!
ResponEliminaY gracias por todo el trabajo tan importante que hacéis en Sitges.