La política de Dieter Kosslick como director de la Berlinale en estos últimos trece años ha sido inteligente, consiguiendo librar al certamen alemán de la esclavitud del glamour excesivo y de una (imposible) competitividad con Cannes que comenzaban a fatigar al festival y llevarle a un callejón sin salida. Sin embargo, la apuesta por un tipo de cine de autor emergente, la búsqueda de talento joven en las cinematografías latinoamericanas y otros signos de identidad del evento parecen ahora diluirse por una selección poco autónoma, que parece depender demasiado de lo que los grandes vecinos como Venecia o Cannes rechazan o de las novedades que abren mundialmente en el cercano Sundance (y no las más interesantes). Por otro lado, la hasta el momento funcional segmentación en secciones del Festival empieza a caer en una preocupante degeneración, hasta el punto de que la distinción entre la Sección Oficial y Panorama es cada vez más difusa, sigue sin entenderse muy bien el significado del otrora prestigioso Forum, mientras que la sección dedicada al cine para los jóvenes (la famosa Generation) perece haber olvidado esa capacidad de riesgo que en anteriores ediciones nos había llevado a descubrir joyas como The Fall, el sueño de Alexandría (Tarsem Singh, 2006) o Welcome to Space Show (2010), el excepcional anime de Kôji Masuri y Maasaki Yuasa.
La Berlinale se cierra con una sensación de ser un certamen que sigue fiuncionando perfectamente en sus aspectos organizativos y estructurales pero cuya capacidad de crear tendencias, la eficacia de su potencial artístico ha quedado tremendamente atascados por una sensación de estar ante un evento residual. Y de esa manera, la Berlinale puede haber bajado este año del podium de los grandes certámenes mundiales, donde reina Cannes seguido de Venecia y de un San Sebastián que, al menos en su edición 2012, ha superado con creces al festival berlinés. Y todo ello con la sombra alargada que se cierne sobre todos estos acontecimientos como es la ambición de Toronto, el crecimiento de Tribeca o Londres y el enigma del recién renovado festival de Roma, dirigido por Marco Müller.
En el aspecto estrictamente artístico, en la Berlnale 13 hemos visto obras importantes como The Grandmaster, donde Wong Kar Wai no reflexiona sobre el género del wuxia, sino que crea una fascinante reflexión sobre el pasado y los amores perdidos, fotografiando literalmente el tiempo. Además la versión de The Grandmaster vista en Berlín deja el misterio sobre la propia película, pues este montaje puede ser una de las muchas películas existentes dentro de la obra monumental de más de cuatro horas que ha rodado Kar Wai. Destacar también la desconcertante Prince Avalanche, de David Gordon Green, un director que había empezado fuerte en el panorama del cine indie con títulos a recuperar con urgencia como George Washington (2000), All the Real Girls (2003), Undertow (2004) o Snow Angels (2007), despistando últimamente algo con comedias (nada despreciables) del tono de Superfumados (Pineapple Express, 2008) o Caballeros, princesas y otras bestias (Your Highness, 2011). Prince Avalanche está en la línea de sus primeros trabajos, definiéndose como un filme de fantasmas (a veces literalmente) que vagan por un paisaje humano y natural destrozado, donde la poesía visual y el calado sentimental fluyen por cauces poco habituales en el cine norteamericano actual.
Las sorpresas de la Sección oficial fueron dos: la primera, sin duda, Harmony Lessons, de Emir Balgazin, un relato de inadaptación juvenil en el marco de una escuela rural, con ecos de Van Sant y de un inquietante realismo mágico y, en ocasiones, aterrador que para mi hubiera merecido un premio más importante en el palmarés; la segunda la inclasificable Vic+Flo ont vu un ours, de Dennis Côté, la obra que confirma al director canadiense gracias a un desfile de delirante fauna humana, lo bizarro de sus imágenes y su capacidad para crear atmósferas imaginarias.
Pero todas estas películas palidencen ante la que fue la mejor propuesta de la Berlinale vista en la sección Panorama. Me refiero a Upstream Color, segundo largometraje de Shane Carruth tras su celebrada Primer (2004). Una obra maestra de la planificación, las sensaciones visuales, donde narrativa e imagen caminan e incluso danzan en una comunión casi perfecta. Al igual que Primer, Upstream Color toma el género fantástico como excusa para trazar una reflexión sobre el lenguaje del cine, sobre la comunicación de los seres humanos y sobre el aislamiento personal, sin dejar de lado la historia de amor al borde de la muerte, el horror e incluso la introspección metafísica. Por ella sola mereció el viaje a la capital alemana.

Comentar, primero, que Supersalidos no es Pineaple Express, ha habido una errata, eso es otra peli, y , segundo, ansioso estoy de ver Upstream Color, espero que en Sitges de este año... Shane Carruth es de mis dires favoritos.
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