Tuvimos unos premios Gaudí, en Catalunya, modélicos, bien conducidos por Andreu Buenafuente, con sentido del humor fino, no exento de cierta crítica política y social. Los premios justos y excelentes, reflejo de un buen año de producción, con esa señorial Blancanieves, de Pablo Berger, como triunfadora, además de la recompensa a esa gran empresa que ha sido Lo imposible o el reconocimiento a un buen trabajo como Una pistola en cada mano.
También hemos tenido unos Goya, menos brillantes en lo ceremonioso (Eva Hache está bien, pero no es Buenafuente) y excesivamente dilatados, donde hubo crítica política, social. Dejando de lado que algunos comentarios o chistes fueron más o menso acertados, lo cierto es que no podemos optar por una política de silencio, de prudencia excesiva que posiblemente nos lleve a la larga a tener que reaccionar de forma más radical. Nuestro colectivo, el del cine, debe de expresar sus inquietudes, sus problemas, sus críticas sin miedo, con firmeza, elegancia y operatividad. Muchos de los presentes en las ceremonias de entregas de premios son personajes mediáticos que representan mediante su poder de convocatoria y carisma a muchos ciudadanos del país a través de crear ilusiones, expectativas, en definitiva, sueños. El mundo del cine no vive en un Olimpo aislado, donde se ve desde lejos al resto de los mortales, porque el cine, como arte, como espectáculo, necesita a la gente, al receptor para tener sentido, para no perder su naturaleza. Y el cine es una industria, hoy básica, que da trabajo, viaja por el mundo hablando y exponiendo el talento nacional lo que la convierte en una punta de lanza estratégica de cualquier gobierno.
Como sueño colectivo, como industria, como colectivo de profesionales, algunas decisiones de los gobiernos (otras comprensibles y asumidas) están dañando gravemente al cine español, al cine catalán e incluso al cine de otras nacionalidades distribuido aquí. Muchas de esas decisiones impiden la educación de la mirada de los públicos jóvenes, hacen imposible la distribución y exhibición de un cine necesario aunque minoritario, rompen el flujo de talento de escuelas y universidades hacia la profesionalidad, hunden a festivales prestigiosos en crisis insostenibles y van minando todo lo construido en muchos años de trabajo serio de miles de personas honestas, profesionales, serias, que hacen olvidar a los pocos que se han aprovechado injustamente del sistema.
El mundo del cine, como el de la cultura en general está herido. Y hay que decirlo, manifestarlo, luchar por él. Y al mundo del cine le duele el estado general del país y también hay que expresarlo, estamos obligados a ello. Recordar que no podemos crear “marcas” nacionales sobre la Nada, desmontar una diversidad temática, industrial y lingüística que funciona, hundir o hacer huir al talento que es mucho y variado. Denunciar que la gente que da vida al cine, a muchos ciudadanos se les está impidiendo no sólo realizarse, vivir sino incluso soñar.
Y todo ello no se puede incriminar, ridiculizar, estigmatizar por parte de cierto periodismo que ha olvidado la propia esencia de la profesión, que, lejos de defender sus ideas (algo lícito) desde los argumentos y el debate, toman el sendero de la descalificación y la marca. Eso está fuera de las normas de conducta profesionales, dejan el camino abierto hacia la barbarie, inquieta en forma y fondo porque desvela que no hay argumentos por parte de los que ejercitan esos métodos. Sólo un tipo de reacción que parecía desterrada por años de práctica democrática, de convivencia dialéctica entre opiniones encontradas. No somos la gente del cine los que tenemos que pedir disculpas, sino otros que ni tienen capacidad para afrontar los desafíos del mundo real ni pueden entender nuestra fuerza irreprimible para cambiar, evolucionar, ver la luz y, en definitiva, soñar.
A Candela y Maribel.

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