Llego a Cannes con el peso de días de pérdida, sabiendo que ya no nos sorprenderán más iconos radicales como Jess Franco o Bigas Luna, que el mago Harryhausen apagó su caja de trucos para siempre o que ya no habrá nuevos mitos con la voz de Constantino Romero. Se podría decir, como afirma el Replicante Batty en Blade Runner, que todos esos momentos se perderán como lagrimas en la lluvia. Aunque no, permanecerán en nuestra memoria para siempre. Y eso que lluvia ha dado mucha esta primera jornada de Cannes.
La jornada ha estado protagonizada por la proyección de El gran Gatsby, la nueva película de Buzz Luhrman, encargada de abrir el festival. Una fiesta para los sentidos, con un Leonardo di Caprio que parece nacido para ser Gatsby. A pesar de la locura a lo Moulin Rouge de la primera parte de la película, cuando la tragedia se impone, Fitzgeral se funde con el esplendor formal del director y surge una película bella, casi redonda, magnífica.
Ha habido más: muchas reuniones con promos suculentos o pósters maravillosos como el que Mod Productions ha creado para Caníbal, la muy esperada película de Manuel Marín Cuenca. Reuniones con los productores de la espectacular versión de Harlock: Space Pirate, el anime del año con permiso de Miyazaki. Y encuentros siempre gratos con grandes amigos como la gente de Vértigo, Avalon, Telecinco cinema, Mod, Vaca Films. Al final del día, más reuniones, con cena incluida con agentes USA y, para acabar, me llevan a una fiesta de Justin Timberlake. Cannes ha despegado. Mañana me esperan seis películas. Y más lluvia. Nada es perfecto.

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