Nos ha dejado Wes Craven. Su nombre, como
pocos, ha sido sinónimo de cine de horror incluso para los que este género les
importa poco o lo desprecian. Craven fue, de la generación de los grandes
maestros del género surgida de los años 70, el realizador que mejor se integró
en Hollywood y, posiblemente, el que tuvo mayores éxitos de taquilla, sobre
todo en los años 90 gracias a la saga Scream. Posiblemente no tenía la
perversidad de Tobe Hooper, el virtuosismo de John Carpenter o la ironía de Joe
Dante, pero sí una capacidad de renovar el género cuando éste parecía estar más
agotado. Así, en 1972, rompió todos los esquemas con su opera prima La última
casa a la izquierda (The Last House on the Left), escandalizando a medio mundo
con una durísima crónica de la violencia oculta en los Estados Unidos
deprimidos de los años 70, adelantándose dos años a La matanza de Texas (The
Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper), la otra producción que cambió el
panorama del horror en la década. Curiosamente, en 1977, Craven responde a
Hooper con otra historia de canibalismo en la América profunda, la mítica Las
colinas tienen ojos (The Hill Have Eyes) quizá la última gran película de
género trasgresora de los 70.
Craven atravesó su primera crisis creativa en
los inicios de los 80, incapaz de adaptarse a la moda de horror teenager
impuesta desde el éxito de La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter,
1978). Ni la parcialmente fallida Bendición mortal (Deadly Blessing, 1981) ni
la desastrosa Swamp Thing (1982) le ayudaron en nada, obligándole a firmar una
decepcionante secuela de Las colinas tienen ojos en 1984 que parecía certificar
el suicidio artístico del realizador. Pero justo en ese año, Craven sorprende a
todos con Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984), un slasher
de y para adolescentes pero con un twist sobrenatural y texturas oníricas que
se convirtió en un sleeper y lanzó a un icono indiscutible del cine de horror
de todos los tiempos, Freddy Krueger, al que interpretó Robert Englund. Craven
volvía así a reinventar el género a la vez que construía sin saberlo una cárcel
creativa. A partir de ese momento, todo el mundo esperaba una nueva proeza en
cada trabajo de Craven, algo que no sucedió ni con Amiga mortal (Deadly Friend,
1986) ni con su (indiscutible) mejor película como fue La serpiente y el arco
iris (The Serpent and the Rainbow, 1988), demasiado seria y adulta para los
gustos del momento. Mientras la saga de Freddy Krueger estrenaba casi
anualmente un nuevo capítulo, Craven quería huir de su personaje más icónico
(se negó a dirigir las secuelas, produciendo quizá la tercera y mejor entrega
de la serie), aunque en sus películas se notaba la necesidad de encontrar de
nuevo la clave del éxito, como delata el villano de Shocker (1989), un éxito tímido
incapaz de generar secuelas, o El sótano del miedo (The People Under the
Stairs, 1991), una excelente premisa con un erróneo desarrollo. Así, el retorno
a los territorios de Krueger era inevitable y en 1994 rueda la autoreflexiva La
nueva pesadilla (New Nightmare), parcialmente interesante pero que se estrella
de manera fulminante en taquilla.
El cine de horror de serie B prácticamente
desapareció de las pantallas en los 90, siendo relegado al consumo doméstico en
vídeo. Pero Craven se dio cuenta que este consumo abarcaba también títulos de
los 70 y 80, lo que generó su nueva gran idea, un slasher que codificara las
reglas de los clásicos de culto y, a la vez, generara una saga. El resultado
fue Scream (1996), la primera gran obra postmoderna del horror, cuyo guión
parecía un patchwork de citas y que arrasó inesperadamente en las taquillas,
generando la resurrección del slasher y una serie propia. Sin duda, Scream 2
(1997) es una de las cumbres de la carrera de Craven que, desafortunadamente,
cayó otra vez en un círculo vicioso del cual el realizador no pudo escapar,
rodando la floja Scream 3 (2000) y cayendo en el viejo error de firmar una
tardía y fallida Scream 4 (2011).
Craven luchó siempre por su identidad, por no
caer en repeticiones excesivas, pero su afán de permanecer en el altar
privilegiado de Hollywood creó una contradicción personal y artística muy
identificable en toda su obra. Posiblemente, el mejor Craven esté en esa joya
que sigue siendo La serpiente y el arco iris o en el espléndido inicio de
Scream 2, que definía perfectamente su pasión por diseccionar el cine desde el
propio metalenguaje, algo que no consiguió con La nueva pesadilla pero sí con
dicha entrega de Scream, donde trazó como nadie los contornos del género, su
capacidad de creación de realidades paralelas y de confundirlas a través de la
propia iconografía y la mitología que generan las imágenes del horror. Craven
era un genio entre líneas, dejaba su firma de autor entre empresas meramente
comerciales y dejaba que el tiempo pusiera su obra donde merece estar, que no
es sino en lo más alto. Posiblemente no era el más genial, pero gracias a su
cine el género de horror ha sobrevivido y ha alcanzado cotas de reconocimiento
inauditas.

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