Últimas horas en Cannes y para despedir una edición más que brillante nada mejor que cine europeo del que importa, no ese cine europeo apoyado desde estados e industria -y hasta por la propia UE- basado en un compromiso y necesidad aburridos, equivocados y estériles. De todos modos Dogman, de Mateo Garrone, se autocensura respecto a la traducción en imágenes de un hecho real que hubiera dado para un filme de horror puro. Convierte su película en una oscura, poética y melancólica balada sobre la miseria humana visualmente precisa y preciosa y con un protagonista inmenso. Uno echa de menos qué pudiera haber sido este Dogman, pero quizá Garrone ni quiere ni sabe ser un cronista del horror, sino que se sitúa en el campo de la representación de las ruinas físicas y morales del paisaje europeo contemporáneo.
Yann González se atreve a más en Un coteau dans mon coeur, neogiallo perverso y de contornos oníricos situado en el contexto de la industria del cine porno de los años 70 en París. Ecos del cine europeo de exploitation con D'Amato, Jesús Franco o la estética del giallo para una película visualmente poderosa y estéticamente acertada que recupera la naturaleza del cine europeo más puro.
Así, adiós a una edición que ha dado grandes sorpresas, buenas noticias y pocas decepciones, reivindicando el placer de escandalizar y el placer de ser provocado. Algo que, como Pasolini afirmaba, nos evita convertirnos en malditos moralistas.
Yann González se atreve a más en Un coteau dans mon coeur, neogiallo perverso y de contornos oníricos situado en el contexto de la industria del cine porno de los años 70 en París. Ecos del cine europeo de exploitation con D'Amato, Jesús Franco o la estética del giallo para una película visualmente poderosa y estéticamente acertada que recupera la naturaleza del cine europeo más puro.
Así, adiós a una edición que ha dado grandes sorpresas, buenas noticias y pocas decepciones, reivindicando el placer de escandalizar y el placer de ser provocado. Algo que, como Pasolini afirmaba, nos evita convertirnos en malditos moralistas.

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