Un año más, la Croisette se llena de cine, desde su
perspectiva más artística en las diferentes secciones del Festival hasta
la más industrial en el Market. Al llegar a la localidad francesa uno
hace balance de esos cambios que han formado el mapa de recuerdos y
desacuerdos con el evento en los últimos 22 años, tiempo que llevo
visitando el evento. Muchas cosas son iguales (las colas, las
extravagancias de algunos invitados y asistentes a las sesiones en
vestuario y actitud, las vallas que obstaculizan el paso normal de los
peatones) otras han cambiado como el propio concepto del cine y la
industria, aunque en Cannes siempre los cambios -o cómo aceptarlos- han sido un proceso lento.
Se
echan de menos rostros que por motivos diferentes ya no te encuentras,
lugares de encuentro como bares o restaurantes que se han convertido en
franquicias o agencias inmobiliarias, o librerías y tiendas de video o
música desaparecidas para siempre. Pero todo ello no impide que Cannes,
con su indiscutible magia y su mítica incomodidad, siga su recorrido y te
impregne durante doce días frenéticos.
El
fantástico se apropia de las Secciones (sobre todo de la Quincena) y el
Mercado demostrando que es el género rey aunque se siga oyendo a los
distribuidores españoles que "no vende en las teles". Pero en
España, y más en el audiovisual, los cambios de mentalidad son lentos y
el panorama de la distribución y exhibición más preocupante que en
otros territorios, algo que también se percibe en este Mercado.
Y
para que el fantástico reine en Cannes, la inaguración es toda una
zombie party con The Dead Don't Die de Jim Jarmusch, nueva
deconstrucción genérica del director, con derivaciones meta y guiños y
homenajes por doquier, sobre todo a Romero y su saga de muertos
vivientes. El minimalismo de Jarmusch y su humor anticlimático y
repetitivo le sienta de fábula a esta comedia algo siniestra y oscura,
firmada por la voz en off rota de un Tom Waits ermitaño que hace de
narrador reflexivo del apocalipsis zombi. El film demuestra que, una vez más,
llevamos siendo muertos andantes hace tiempo, siendo esos zombis torpes
que repiten de forma atolondrada sus actividades cotidianas en vida
meros reflejos de nuestras vidas, marcadas por lo alienante. Una nueva
joya de Jarmusch, más amarga y ácida de lo que parece, llena de
sorpresas (el personaje de Tilda Swinton es memorable) y un casting
perfecto. Los muertos no mueren, están aquí para quedarse y han invadido
un Cannes que se resiste a perder sus señas de identidad.
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